jueves, 9 de abril de 2009

El Poder de la Compasión

Ya que estamos en semana santa, que es una época de reflexión e interiorización, quiero compartir con ustedes una de mis historias favoritas sobre el poder del amor incondicional. Esta historia salió inicialmente en un librode Terry Dobson, pero yo la vi por primera vez en el libro "Cura tu soledad", que los Maestros en algún momento recomendaron para el trabajo en la psicología personal.

Sé que esta historia aparece también en uno de los libros de Daniel Goleman, que introdujo el concepto de inteligencia emocional, y esta es la historia que generalmente encuentra uno en internet. Pero esa versión del libro de Goleman quita, a mi juicio, algunos fragmentos muy interesantes, y especialmente la perspectiva de los hechos desde el punto de vista del autor. Por eso quise traerles a ustedes la historia completa para que disfruten plenamente su lectura.

Este es el aspecto del amor que complementa perfectamente el concepto fuerte del amor que hemos visto en los dos artículos anteriores.

Que lo disfruten:

El tren traqueaba y chirriaba por las afueras de Tokyo una tarde calurosa de primavera. Nuestro vagón estaba relativamente desocupado. Algunas amas de casa seguidas de sus hijos, algunas personas mayores que iban de compras. Yo contemplaba distraídamente las casas monótonas y los setos polvorientos.
En una estación se abrieron las puertas y la tranquilidad de la tarde quedó hecha trizas ante un hombre que vociferaba maldiciones violentas e incomprensibles. El hombre entró tambaleándose en nuestro vagón. Llevaba ropas de obrero; era grande y estaba borracho y sucio. Gritando, lanzó un puñetazo a una mujer que tenía un niño pequeño en brazos.El golpe la hizo caer dando vueltas en los regazos de una pareja de personas mayores. El niño no se hizo daño de milagro. 

La pareja aterrorizada se puso de pie de un salto y se dirigió apresuradamente al otro extremo del vagón. El obrero dirigió una patada a la espalda de la anciana que se retiraba, pero falló, mientras esta se ponía a cubierto a toda prisa. Esto puso tan rabioso al borracho que agarró la barra vertical de metal que estaba en el centro del vagón e intentó arrancarla de sus mordazas. Vi que tenía en una mano un corte que le sangraba. El tren arrancó. Los pasajeros estaban petrificados de miedo. Yo me puse de pié.

Yo era joven por entonces, hace cosa de veinte años y estaba bastante en buena forma. Llevaba tres años practicando el aikido durante ocho horas enteras casi todos los días. Me gustaban las llaves y la lucha cuerpo a cuerpo. El problema era que mi habilidad en el arte marcial no había sido puesta a prueba en un combate real. A los estudiantes de aikido no nos permitían luchar.

Mi maestro me había dicho una y otra vez: “El aikido es el arte de la reconciliación. El que tiene la intención de luchar ha roto su conexión con el Universo. Si intentas dominar a la gente, ya estás derrotado. Estudiamos cómo resolver los conflictos, no cómo iniciarlos”.

Yo escuchaba sus palabras. Lo intentaba muy seriamente. Llegaba incluso a cruzar la calle para evitar a los chimpera, los gamberros jugadores de billar electrónico que frecuentaban las estaciones de ferrocarril. Mi paciencia me hacía sentirme exaltado. Me sentía duro y santo a la vez. Pero en lo más profundo de mi corazón quería encontrarme con una oportunidad absolutamente legítima en la que pudiera salvar a un inocente destruyendo a un culpable.

“Esto es!”, me dije a mí mismo poniéndome de pie. “Hay gente en peligro. Si no hago algo en seguida, es probable que haya algún herido”.

Cuando el borracho vio que me ponía de pie, aprovecho la oportunidad para centrar su rabia.

-¡Ajá!, -rugió-. ¡Un extranjero! ¡Necesitas una lección de buenos modales japoneses!

Me agarré suavemente a la correa que colgaba del techo y le dirigí una lenta mirada de asco y de desaprobación. Yo pensaba hacer polvo a aquel sujeto, pero él tenía que dar el primer paso. Quería que se pusiera furioso, de modo que contraje los labios y le envié un beso insolente.

-¡Muy bien! –bramó-. Te voy a dar una lección.

Se dispuso a atacarme.

Una fracción de segundo antes de que pudiera moverse alguien gritó. “¡Eh!” Fue ensordecedor. Recuerdo su timbre melodioso, extrañamente gozoso, como cuando buscamos diligentemente un amigo y nuestro amigo se topa de pronto con ello. “¡Eh!”. Me volví a la izquierda; el borracho se volvió a su derecha. Ambos bajamos la vista y vimos a un viejecito japonés. Debía de tener bastante más de setenta años aquel pequeño caballero que estaba allí sentado con su quimono inmaculado. No me miró, pero dirigió una sonrisa encantadora al obrero, como si tuviera un secreto muy importante y muy agradable que compartir.

-¡Venga aquí! – dijo el viejo con un acento muy coloquial, haciendo una seña al borracho -¡Venga aquí a hablar conmigo! – añadió, mientras sacudía ligeramente la mano.

El hombretón lo siguió como si le tirasen de un hilo. Plantó los pies agresivamente ante el viejo caballero y rugió por encima del traqueteo de las ruedas:

-¿Por qué diablos tengo que hablar con usted?

El borracho me daba ahora la espalda. Si movía el codo aunque fuera un milímetro, yo lo abatiría.

El viejo siguió sonriendo al obrero.

-¿Qué has estado bebiendo? – le preguntó, con los ojos chispeantes de interés.

- He estado bebiendo sake –vociferó el obrero -, y a usted no le importa.

El viejo quedó cubierto de salpicaduras de saliva. 

- Oh, ¡eso es maravilloso! –dijo el viejo-. ¡Absolutamente maravilloso¡ Verá, a mí también me gusta el sake. Todas las noches, mi mujer y yo (ella tiene setenta y seis años, ¿sabe?) calentamos una botellita de sake, la sacamos al jardín y nos sentamos en nuestro viejo banco de madera. Vemos desaparecer el sol y vemos cómo marcha nuestro árbol de caqui. Mi bisabuelo plantó aquel árbol, y nos preocupamos de si se recuperará de las heladas del invierno pasado. Pero nuestro árbol ha aguantado mejor de lo que cabía esperar, sobre todo si se tiene en cuenta la mala calidad del terreno. Es agradable contemplarlo cuando tomamos nuestro sake y salimos a disfrutar de la tarde, ¡incluso cuando llueve! –añadió, mirando al obrero con un brillo en la mirada.
Mientras el borracho se esforzaba por seguir las palabras del viejo, su rostro empezó a ablandarse. Fue abriendo lentamente los puños.

-Sí –dijo-. A mí también me gustan los caquis…-y se le fue apagando la voz.

-Sí –dijo el viejo, sonriendo-, y estoy seguro de que tiene una mujer maravillosa.

-No – respondió el obrero-, mi mujer murió.

El hombretón empezó a sollozar muy suavemente, oscilando con los movimientos del tren.

-No tengo mujer. No tengo casa. No tengo trabajo. Estoy avergonzado de mí mismo.

Le rodaban las lágrimas por las mejillas; una convulsión de desesperación le recorrió el cuerpo. 

Ahora me tocaba a mí. Allí de pie, en mi inocencia juvenil tan reluciente, en mi escrupulosidad de “defensor del mundo para la democracia”, me sentí de pronto más sucio que él.

El tren llegó a mi estación. Cuando se abrieron las puertas oí que el viejo chasqueaba la lengua con simpatía.

-Vaya, vaya –decía-; es una situación verdaderamente difícil. Siéntese aquí y cuéntemelo. 

Volví la cabeza para echar un último vistazo. El obrero estaba echado en el asiento, con la cabeza en el regazo del viejo. El viejo le acariciaba suavemente su sucia mata de pelo. 

Cuando el tren se marchó, me senté en un banco. Lo que yo había querido hacer con los músculos se había conseguido con el amor.

7 comentarios:

Marina dijo...

Maravillosa historia, me encantó. Es cierto, el Amor puede obrar en diferentes facetas...hermoso relato!!

cariños,
Marina

hernando s. dijo...

vemos como el poder de la luz actua cuando alguien esta serca de evntos inesperados,me parece que actuariamos como el estudiante pensaba actuar,y llego el amor y vencio, que podamos enfrentar los eventos peligrosos con mucho dominio en le amor.

Ema dijo...

Gracias Hugo, esta historia es un ejemplo de que siempre en nuestros caminos encontraremos sabios con un gran logro en el Amor, listos para darnos una lección.

Felices Pascuas para todos.

¿Se dieron cuenta que son 33 los seguidores del blog? Valla que lindo numero en estos días tan especiales.
Les envío mi amor.

alde dijo...

Gracias Hugo, las historias simepre me han parecido la mejor forma de aprender y esta es buenísima, nunca la habia escuchado, definitivamente el amor es todo!

Y ... lo siento Ema, pero dañe tu numero lindo, aunque 34 es mejor que 33 o no? y 35 mejor que 34 y sucesivamente, ja, ja

Un abrazo para todos.
alde

Marina dijo...

Hernando, me quedé pensando en tu comentario; qué cierto es a veces lo que vos decís.., lo tomaré como una reflexión para meditar: ¿reacciono como el estudiante "para defenderme" o entrego el Amor incondicional para aportar Luz y Compasión a quien lo necesita en el momento adecuado?

Gracias,muchos cariños.

Ema dijo...

Hola Alde, bien venido a nuestros corazones, me alegra mucho que estes aqui, seguramente aprendere mucho de tus comentarios.
Si,es mejor que el numero siga aumentando. Hay muchos más que estan ahí seguro superan los 133
Un abrazo!

LUZMA dijo...

Huguito gracias por esta bella Historia. de verdad toca nuestros corazones y nos hace reflexionar la manera como todo seria tan fácil si respondiéramos con amor a cada situacion de nuestras vidas.
EL AMOR ES UNA ARMA INFALIBLE, ES UNA MEDICINA QUE CURA TODO MAL.ES EL CONCILIADOR EN CADA CONFLITO INTERNO Y EXTERNO.

Te envío un abrazo y muchísimo amor...Igual para mi familia de este blog