domingo, 4 de abril de 2010

La princesa que había olvidado su origen

Uno de los temas recurrentes en la enseñanza de los Maestros en esta dispensación consiste en repetirnos una y otra vez que nosotros somos Dios, que somos el Ser, que somos el YO SOY. Recientemente un Maestro decía que ellos lo iban a repetir tantas veces como lo necesitaramos, hasta que este hiciera "click" dentro de nosotros.


Hoy quiero traerles un cuento que habla precisamente acerca de nuestra realidad divina, que hemos olvidado, pero que hoy a partir de un esfuerzo consciente estamos volviendo a recordar. Hasta el momento en que comprendamos plenamente nuestra naturaleza espiritual, y expresemos esa realidad de nuestro Ser.



La princesa que había olvidado su origen

Por Walter Javier Velásquez

Hace mucho tiempo habitó la Tierra una bella princesa. Ella poseía muchos dones: fe, voluntad, firmeza, sabiduría, amor incondicional, pureza, disciplina, verdad, paz, servicio, diplomacia, alegría y libertad. La princesa era buscada por personas de todo el mundo para que les ayudara a resolver sus problemas. Ella siempre tenía una respuesta, a veces amorosa, a veces fuerte, y otras veces no respondía nada para dejar que las personas desarrollaran su discernimiento. Además de todos estos dones, la princesa era inmensamente rica; poseía oro, piedras preciosas, palacios, y muchas propiedades. Ella compartía su riqueza con las personas, pero más que eso, les enseñaba a los pobres a romper el ciclo de la miseria y vivir en abundancia como ella.

Un día esta princesa salió a la ciudad para conocer cómo vivían los habitantes más pobres. Para no despertar sospechas se puso un disfraz harapiento que le permitiera pasar desapercibida entre la gente. Justo cuando iba a cruzar la calle pasaba un coche con un caballo enloquecido y la embistió. La princesa cayó inconsciente y permaneció así durante un par de horas. Unos mendigos que pasaban por la calle la recogieron y la llevaron a su habitáculo, el cual quedaba debajo de un puente.

Cuando la princesa despertó estaba muy confundida. Tenía un profundo dolor de cabeza y no recordaba nada de lo que había sucedido. Ni siquiera recordaba quién era ella. Miró a su alrededor y preguntó: -Quién soy yo?, Dónde estoy? Quiénes son ustedes? Una anciana que estaba sentada a su lado le respondió con mucha seguridad: -Eres una miserable como nosotros, estás en tu casa, nosotros somos tu familia. La anciana no tenía mala intención, ella sólo habló desde su experiencia y lo único que buscaba era familiarizar a la víctima con lo que ella creía, por sus vestiduras, que era su mundo.

Desde entonces la princesa se convenció de que ella era una mendiga cuyo único destino era deambular por las calles comiendo sobras y durmiendo debajo de aquel puente. Además, sus amigos mendigos también la convencieron de que a ella le gustaba emborracharse con vino barato. A la princesa al principio no le gustaba el vino, pero después de un tiempo empezó a aceptarlo, ya que le servía para evadir por un instante el mundo miserable en que vivía. La vida de la princesa era muy triste, ella ya no recordaba sus dones espirituales e ignoraba que era una persona inmensamente rica. Solo deambulaba por las calles con su “familia” de mendigos, dormía bajo el puente y se emborrachaba cada día para olvidar su sufrimiento.

Habían pasado dos años, durante ese tiempo habían buscado a la princesa por todo el reino y más allá. Habían prometido inmensas recompensas a quien la encontrara pero todo era inútil. Sin embargo, el rey no perdía las esperanzas y seguía buscándola.

Un príncipe de un país vecino, que conocía a la princesa, había dejado todo por ir a buscarla. El príncipe la amaba con todo su corazón, y por ello había emprendido tal aventura. Cierta mañana de invierno, pasó por un callejón oscuro donde le pareció ver un rostro conocido. A pesar de los harapos y la mugre, él pudo reconocer esos ojos hermosos y profundos de la persona que tanto amaba.

¡Era la princesa! Su corazón se lo decía. Pero aquella mujer no entendía nada de lo que el príncipe le decía. Ella pensaba que era un loco o un depravado que estaba buscando burlarse de ella. El príncipe trató de convencerla de que ella era una princesa llena de dones espirituales y que además era muy rica. La joven le respondió: -mis únicos dones son estos harapos y mi mayor riqueza es el puente donde vivo, déjame en paz, vete con tus locuras a otro lado.

El príncipe se fue defraudado pero regresó al siguiente día a tratar de convencerla. Esta vez le trajo sus vestidos reales y sus joyas. Ella no reconocía nada de eso como suyo. Entonces el príncipe le prometió que si lo acompañaba le mostraría sus riquezas y sus reinos. Ella le respondió muy enojada: -ni por todo el oro del mundo me desprenderé de mi familia, refiriéndose a sus amigos mendigos, ellos se han preocupado por mí y me han dado amor de verdad. Además, nunca encontraré un lugar más cómodo y agradable que el viejo puente donde vivo. Aunque a veces hace frio allí me siento realmente en casa. Ah, y mucho menos voy a dejar a un lado el vino que bebo cada día, porque él me ayuda a ser feliz y mantenerme en este mundo.

El príncipe se fue triste por su camino pero juró que no se daría por vencido. Y cada día seguía viniendo a aquel puente para convencer a aquella mendiga de que era una princesa. Ella respondía cosas como esta: -Tu oro y tus promesas no pueden cambiar la comodidad de mi mundo. No soy ninguna princesa, no trates de engañarme, yo simplemente soy una borracha que vaga por el mundo.

De tanto repetirle lo mismo cada día, la joven empezó a sentir duda a cerca de su verdadera identidad. Un día decidió –con mucho miedo- acceder a ir al palacio del que el príncipe tanto le hablaba. Cuando entró allí todos la reconocieron a pesar de sus harapos. Todos estaban muy felices e hicieron una fiesta. Ella dudaba de todo creyendo que se trataba de un simple sueño. Sin embargo a medida que iba observando el palacio y a sus amigos se fue convenciendo hasta que en un instante recobró su memoria y aceptó su verdadera identidad como la princesa llena de dones espirituales y de riquezas que era. Entonces contrajo matrimonio con su príncipe y desde ese momento se dedicó a ayudarles a las personas que habían perdido su memoria a recordar su verdadera identidad.

Este cuento nos permite entender mejor el misterio de nuestra identidad divina. Cada uno de nosotros es en Realidad el YO SOY creado a imagen y semejanza de Dios, somos perfectos y estamos llenos de dones y abundancia. Pero un día decidimos bajar al mundo a cumplir una misión divina, en el proceso nos olvidamos de quienes éramos y nos identificamos con la identidad mortal. Nos apegamos tanto a esa identidad basada en el ego que simplemente nos cuesta trabajo reconocer lo que somos ya que eso significa desprendernos de aquello que creemos que somos y poseemos. ¿Seguirás pensando que eres un mendigo harapiento? o ¿Estarás dispuesto a sacrificar tu identidad mortal en la cual te sientes cómodo para aceptar que eres y siempre has sido el Ser Puro de Dios, la Presencia YO SOY, viviendo una experiencia humana? Todo depende de ti...

4 comentarios:

Germán dijo...

¡Gracias! Por esta historia. Es muy didáctica.

ybety dijo...

EXCELENTE HISTORIA QUE MUESTRA LO QUE PUEDE HACER CUANDO NOS APEGAMOS A ESTA FALSA MASCARA QUE ES NUESTRO EGO Y NO PERMITIMOS QUE SURGA LA LUZ DE NUESTRA PRESENCIA YO SOY-DIJE EL MAESTRO YOGANANDA ES UN DIAMANTE MENOS PRECIOSO PORQUE ESTE LLENO DE LODO?

Ernesto dijo...

Gracias Walter, por tu entrega y dedicación para nuestro beneficio. Muy didáctica historia.
Un abrazo!

hernando suarez. dijo...

Buenisimo,aveces veo esa corona que perdimos,pero cuando la trato de recuperar,se me borra el caset,y me acomodo donde stoy, pero pienso que mas pronto con ejemplos sanos recuperaremos nuestra identidad original,para ir en busca de nuestra famili.buenisimo.