viernes, 3 de octubre de 2014

Sanat Kumara y la más hermosa de las historias


La historia de Sanat Kumara es de lectura obligada para cualquier estudiante serio de los Maestros. Es la historia de cómo un ser de inmenso logro espiritual decide tomar la misión de salvar a las ovejas perdidas que se han olvidado del Sendero Interno, y han perdido el contacto con el Cordero, que es el Gurú Encarnado.

Pero esta historia también nos revela cuál es la posición que tiene en la Jerarquía este Anciano de Días, como se le llama en el libro de Daniel. Sanat Kumara es el representante más elevado de la Deidad para las evoluciones de la Tierra. El es nuestro Gurú, el Uno. El es el Gurú de Jesús y de Gautama, el Gurú de Maytreya y de Padma Sambhava. Sanat Kumara es Dios para todos y cada uno de nosotros y cuando caminamos el Sendero de la Cruz Rubí (Sacrificio, Abnegación, Servicio y Entrega) sentimos su Presencia y su Guía en cada paso que damos.

Esta es la primera entrega de una serie de dos artículos en donde contamos la historia tal como él mismo la cuenta en un maravilloso libro llamado "La Apertura del Séptimo Sello":

Ustedes me llaman Sanat Kumara, y me conocen como aquel que se presentó ante el concilio cósmico conocido como el Consejo de los Ciento Cuarenta y Cuatro. Usted me conocen porque fueron testigos de mi súplica hecha a favor de las evoluciones de la tierra que ya no conocían la presencia del Cordero, quienes por desobediencia fueron aislados del Gurú viviente. Ustedes me conocen como aquel que se ofreció a encarnar la llama trina para la tierra y sus gente evolucionando dentro de los siete planos de existencia-fuego, aire, agua y tierra. 

El Consejo Cósmico había decretado la disolución de la tierra y sus evoluciones, porque las almas de sus hijos ya no adoraban a la Trinidad en la llama trina de la vida que arde dentro  del altar del corazón. Se habían convertido en las ovejas descarriadas. Con su atención fija en la manifestación externa, ellos habían, ignorante y voluntariamente, abandonado el camino interior hacia Dios. Ellos dejaron de conocer al hombre oculto del corazón, el bendito Ishwara, y los siete candelabros ya no ardían en las siete ventanas. Los hombres y las mujeres se habían vuelto vacíos, sus chakras como agujeros negros en el tiempo y en el espacio; y sus templos desocupados se convirtieron en las tumbas de los muertos; y los espíritus de los muertos tomaron su domicilio dentro de sus casas deshabitadas. Así pues recibieron el juicio de los Ciento Cuarenta y Cuatro, tal como sus descendientes escucharían la condenación del Hijo de Dios. 

Así, la luz de los templos se había extinguido, y el propósito para el cual Dios había creado al hombre que es ser el templo del Dios viviente -ya no estaba siendo cumplido. Todos y cada uno eran muertos vivientes, un recipiente material sin una luz animadora, un cascaron vacío. En ningún lugar en la tierra existia una escuela de misterios-ni un chela, ni un gurú, ni tampoco iniciados en el sendero de iniciación de la Cristeidad.

La hora del juicio había llegado, y aquel que está sentado en el trono en el centro de las ciento cuarenta y cuatro jerarquías de luz pronunció la palabra que era el consenso unánime de todos: Que la tierra y sus evoluciones se enrollen como un pergamino y sean encendidas como una vela del fuego sagrado. Que todas las energías mal calificadas sean devueltas al Gran Sol Central para su repolarización. Que toda la energía mal cualificada sea realineada y recargada con la luz de Alfa y Omega, una vez más para ser imbuida por el Creador en la creación continua de mundos sin fin.

Cuál era el requisito de la ley para la salvación de la Tierra (Terra)? Era que aquel que calificara para ser el Gurú encarnado, el Cordero, debería estar presente en la octava física para mantener el equilibrio y mantener la llama trina de la vida en nombre y representación de toda alma viviente. Es la ley del Uno que la meditación de aquel sobre el Eterno Christos cuenta como si fuera la mayoría hasta que los muchos nuevamente vuelvan a ser responsables de sus palabras y de sus obras, y puede comenzar a llevar la carga de su luz, así como el karma de su propio bien y mal relativos. 

Yo elegí ser aquel. Me ofrecí para ser el flameante hijo de la rectitud para la tierra y sus evoluciones. 

Después de muchas deliberaciones, el Consejo Cósmico y el Innombrable dieron su aprobación a mi petición, y se dió la dispensación de un nuevo plan divino para la Tierra y sus evoluciones. Porque la ley cósmica establece que cuando un jerarca de cierto nivel y dimensión de conciencia cósmica se ofrece como voluntario para ser el pastor de las corrientes de vida que son las ovejas perdidas, esta petición debe ser concedida. Donde no hay gurú, no puede haber chelas; donde no hay pastor, no puede haber ovejas. Tal como está escrito: Hiere al pastor, y las ovejas se dispersarán. 

Pero al Gurú se le puede dar la oportunidad de ser Gurú sólo por un determinado ciclo; y si al final de ese ciclo los miembros de una corriente de almas por su obstinación y dureza de corazón no han respondido como chelas a la llama del corazón del Guru, el Guru debe retirarse. Y lo que podría haber sido no puede ser, y a ningún otro jerarca entonces se le dará la dispensación. 

Y entonces me arrodillé ante el gran trono blanco del Innombrable y él me dijo: "Hijo mío, Sanat Kumara, tú te sentarás sobre el gran trono blanco ante las evoluciones de la tierra. Tú serás para ellos el Señor Dios en lo más alto. En verdad, tú has de ser la más alta manifestación de la Deidad que les será dada a ellos hasta que, a través del sendero de la iniciación, sus almas se eleven al trono de tu conciencia y de pie delante de ti entonen alabanza hacia el YO SOY EL QUE SOY que tú eres. Ese día en que ellos se levanten y digan, 'alabanzas, honor, gloria y poder sean para aquel que está sentado en el trono y sobre el Cordero por los siglos de los siglo'-he aquí su redención está cerca ". 

Y él me dijo: "Por lo tanto para las evoluciones de la tierra serás el Alfa y Omega, el principio y el fin, dice el YO SOY EL QUE YO SOY, quien es y quien era y que ha de venir, el Todopoderoso." Y puso sobre mí su manto de patrocinio del Padre sobre el Hijo que se convertiría en mí en el patrocinio de una corriente de almas que ahora pasaría a mí. Era un voto de confianza. Era la iniciación del Padre en el Hijo. 

Y me arrodillé ante el Innombrable y adoré a Dios, diciendo: "Tú eres digno, oh Señor, de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas". Y él, el Gran Gurú, repitió la aprobación, completando así el círculo de la devoción. El reconoció la luz que él y sólo él había colocado en mi corazón como la imagen flameante de sí mismo, y a esa misma imagen él le dijo: "Tú eres digno, oh Señor, de recibir la gloria y la honra y el poder, porque tú creaste todas las cosas , y por tu voluntad existen y fueron creadas ". 

Por lo tanto yo estoy en el Padre y el Padre está en mí y nosotros somos uno, mundos sin fin. Y sin esa unidad, no puede darse la petición y no puede haber dispensación no importa cuál sea su nivel de evolución. 

Y el Consejo de la Ciento Cuarenta y Cuatro, formando un solo anillo solar alrededor del gran trono blanco, entonó la Palabra con los grandes seres de luz, formando un círculo interno alrededor del trono y diciendo: "¡Santo, santo, santo , Señor Dios Todopoderoso, el que es y el que era, y ha de venir". Y escuché el eco de su canto del "Santo, santo, santo" durante todo el camino a la estrella de la mañana, a mi llama gemela a quien ustedes conocen como Venus, y a los hijos e hijas de la estrella del amor.


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