sábado, 4 de octubre de 2014

Sanat Kumara y la más hermosa de las historias (II)


En este segundo artículo de la serie sobre la venida de Sanat Kumara y los ciento cuarenta y cuatro mil a la tierra en su hora de mayor oscuridad, encontramos una lección hermosa, la de aquellos chelas que están dispuestos a seguir y a darlo todo por el gurú, como una expresión de su amor y su devoción a este y a su divinidad.

Sigamos entonces con la historia que se encuentra en el libro: "la apertura del séptimo sello":

Mensajeros alados de luz habían anunciado mi llegada y la disposición del Consejo Cósmico y la dispensación concedida. Los seis -mis hermanos, los Santos Kumaras, quienes sostienen conmigo las siete llamas de los siete rayos-El Poderoso Victory y sus legiones, nuestra hija Meta, y muchos hijos e hijas siervos que ustedes conocen hoy en día como los maestros ascendidos me dieron la bienvenida en un gran recepción. Esa noche, la alegría de la oportunidad se mezclaba con la tristeza que trae la idea de la separación. Había elegido un exilio voluntario en una estrella oscura. Y a pesar de que estaba destinada a ser la estrella de la libertad, todos sabían que sería para mí una larga noche oscura del alma.

Entonces, de repente de los valles y las montañas apareció una gran agrupación de mis hijos. Eran las almas de los ciento cuarenta y cuatro mil que se aproximaban a nuestro palacio de luz. Ellos se acercaban cada vez más y más como en espirales mientras que doce compañías cantaban canciones de libertad, de amor, y de victoria. Su poderoso coro hizo eco en toda la vida elemental, y coros angelicales se acercaban. Mientras observábamos desde el balcón, Venus y yo, vimos una decimotercera compañía vestida de blanco. Eran los sacerdotes reales de la Orden de Melquisedec, los ungidos que mantuvieron la llama y la ley en el centro de esta unidad jerárquica.

Cuando la totalidad de estas multitudes se juntaron, anillo sobre anillo sobre anillo rodeando nuestro hogar, y sus himnos de alabanza y adoración hacia mí concluyeron, su portavoz se puso delante del balcón para dirigirse a nosotros en nombre de la gran multitud. Era el alma de aquel que ustedes conocen y aman hoy en día como el Señor del Mundo, Gautama Buddha. Y se dirigió a nosotros, diciendo: "¡Oh Anciano de Días, hemos oído hablar de la alianza que Dios ha hecho contigo este día y de tu compromiso de mantener la llama de la vida hasta que algunos entre las evoluciones de la tierra sean acelerados y nuevamente renueven su voto para ser portadores de la llama. O Anciano de los Días, tú eres para nosotros nuestro Guru, nuestro Dios, nuestra vida misma. No te vamos a dejar sin consuelo. Vamos a ir contigo. No te dejaremos ni por un momento sin el anillo sobre anillo de nuestro discipulado. Vamos a venir a la tierra. Vamos a preparar el camino. Vamos a mantener la llama en tu nombre ". 

Y así como el Señor Dios me dirigió, elegí de entre ellos cuatrocientos hijos e hijas siervos que precederían los ciento cuarenta y cuatro mil para preparar su venida. Pues aunque ellos pensaban que conocían la oscuridad de esta que era la estrella más oscura, en realidad no sabían, como yo sabía, el verdadero significado del sacrificio que ahora estaban ofreciendo hacer en el nombre de su Guru.

Lloramos de alegría, Venus y yo y todos los ciento cuarenta y cuatro mil. Y las lágrimas que fluían en esa noche memorable se consumían como el fuego sagrado  fluyendo como el agua de la vida desde el gran trono blanco y el Consejo Cósmico, nuestros patrocinadores. 

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