jueves, 19 de febrero de 2015

La diferencia entre el amor humano y el amor divino

El amor humano y el amor divino son muy diferentes el uno del otro. En este artículo voy a tratar de explicar la perspectiva de los Maestros Ascendidos respecto a cada uno para un mayor entendimiento del lector.

El amor humano es nuestro amor personal. Es un amor que por lo general es falible, y cambia a través de los eventos de la vida. Esto se ve por ejemplo en el ritual del matrimonio, donde una pareja siente amor el uno por el otro, pero las circunstancias hacen que ese amor en algunos casos cambie, disminuya o  incluso se extinga. Si bien hay casos donde el amor humano sobrevive la prueba del tiempo, como por ejemplo el amor a los padres o a los hijos, generalmente el ser humano va cambiando sus afectos de acuerdo a cómo evolucionan nuestras relaciones con otros, e incluso a cómo cambian nuestras circunstancias. Tenemos entonces que una característica del amor humano es que este es cambiante y a menudo se mueve por el deseo de provecho personal.

El amor divino se caracteriza por ser permanente. Así nos alejemos de Dios, cuando decidimos acercarnos a él, vamos a sentir que su amor siempre está allí. Pero para acercarnos debemos dar los pasos, debemos hacer un esfuerzo, que para algunos puede ser mayor que para otros.
La misericordia divina y el amor divino están íntimamente ligados, pero no son lo mismo. La misericordia es como un puente que Dios nos tiende para que volvamos a él, pero cuando pasamos el puente aquello que encontramos es el tesoro del amor de Dios.

Si bien la misericordia de Dios es muy amplia, su amor tiene una característica importante, y de la cual poco se habla: es un amor condicional.

Cristo nos dio esta enseñanza hace dos mil años. El dijo:

 “Tal como el Padre me ha amado, así os he amado Yo; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como Yo he guardado los mandamientos de mi Padre,  y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo éste en vosotros, y  vuestro gozo sea cumplido”.

“Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como Yo os he amado. Nadie tiene  mayor amor que este, que uno ponga  su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os ordeno.” (Juan 15, 9-14)

El amor del Padre y del Hijo es un amor con condiciones. Qué pasa si por ejemplo no guardamos sus mandamientos, si no cumplimos las leyes de Dios? Entonces, no podemos habitar en su amor. Más aún, Jesús concluye reafirmándoles a sus discípulos que “vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os ordeno”.

Si el amor de Dios fuera un amor incondicional entonces amaría el mal y la maldad. Este concepto del amor incondicional es una característica típica de algunas de las falsas enseñanzas Nueva Era, y distorsiona nuestro entendimiento de Dios y del Sendero.

Sin embargo, el amor de Dios no es cambiante. El nos mira con sus ojos de pureza, y siempre ama ese aspecto real de nosotros mismos, lo que fue su creación desde el principio. El sostiene la visión perfecta de nosotros, o aquello que llamamos “el concepto inmaculado”, de forma que cuando queramos dar los pasos y volver a él, siempre vamos a encontrar este amor.

En otras palabras, si queremos experimentar realmente el amor de Dios, debemos hacer el esfuerzo en volver a ser divinos, en purificar nuestro ser, nuestra mente y sentimientos, de manera que cada vez nos parezcamos a esa imagen original que Dios ha amado desde el principio.

Experimentar la profundidad del amor no se puede expresar en palabras. Es un amor que nos acoge, nos ampara y nos libera. Una vez entramos en contacto con él, a través de la crucifixión y muerte del yo humano, nos sentimos verdaderamente en el hogar, porque ese es nuestro origen y es también nuestro destino.

A través de su misericordia sabemos que al amor de Dios se puede acceder a través de una puerta que está abierta para todos. Pero para abrir esa puerta se requiere un esfuerzo real, y el primer paso es el deseo de someternos a él y de sacrificar nuestro yo humano. Esto se logra a través del sendero de la cruz rubí, en donde vivimos una vida de entrega, sacrificio, servicio y abnegación, haciendo que nuestro yo no tenga otro objetivo que el de servir al Yo Divino.

El camino para morar en el amor de Dios es sencillo, pero nos corresponde a cada uno de nosotros el dar los pasos.

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