domingo, 1 de marzo de 2015

Lección 1 en Dirección Divina: De las semillas más pequeñas a veces salen los árboles más grandes




Uno de los eternos problemas del ego es la necesidad de ser reconocido. El ego siempre desea estar en una posición de privilegio y aspira además a ser el centro de atención. La autovalía del ego en la mayoría de los casos se soporta en su nivel de éxito humano, y en su constante comparación con otros. Sin embargo, para lo Divino el éxito humano no tiene ninguna transcendencia. Para Dios, nuestra verdadera riqueza consiste en servirlo y glorificarlo a él en nuestras actividades diarias, sin importar si somos un exitoso empresario o un humilde barrendero.

Quizás por eso Dios envía a sus grandes santos en las envolturas más sencillas. A menudo, aquellos que se convierten en sus mejores instrumentos no son ni los más sabios, ni los más exitosos, y en muchos casos son todo lo contrario. Esto no quiere decir sin embargo, que estos grandes santos no muestren grandes frutos en sus vidas, lo que sucede es que estos frutos pueden irse manifestando poco a poco, pero sus efectos son visibles con el tiempo.

Por eso, la primera lección en este mini curso de Dirección Divina tiene que ver con cuál es nuestra reacción cuando Dios nos envía al mundo con ciertas limitaciones, o incluso a servirlo desde posiciones que para el ego pueden ser de poco valor, o de poca importancia. Cuando ese tipo de dirección y de circunstancias vienen a nosotros la clave siempre es cómo vamos a reaccionar: vamos a ignorar la dirección de Dios porque nos parece que nuestra misión no es tan "grandiosa"? o vamos a caer en una espiral de frustración, autocompasión o depresión por el hecho de que Dios no nos da la oportunidad de ser aquello que nuestro yo humano anhela?

Para dar un ejemplo de todo esto quiero volver a explorar la vida del Padre Capuchino Solanus Casey, que exploramos recientemente en un artículo sobre la gratitud. Realmente es maravilloso ver cómo la mano de Dios se fue desenvolviendo en su vida, enviándole aparente limitación al principio de su ministerio, pero mostrándole poco a poco que esa limitación iba a ser la clave para el cumplimiento de su plan divino

Nacido en Prescott, Wisconsin, el 25 de noviembre de 1870, Bernard Casey, Jr., como fue bautizado Solanus, fue el sexto de diez y seis hijos nacidos de inmigrantes irlandeses. La familia era una familia de agricultores prósperos, y entre sus tíos se contaban un sacerdote de Wisconsin y un juez de Boston. Casey creció un ambiente que combinaba el amor y la disciplina. En su casa nunca faltaba la oración familiar diaria y la lectura espiritual.

Bernadr, o  Barney como le decían, tuvo una infancia idílica rodeado de los hermosos campos y canales de Wisconsin. A los dieciocho años, después de dos años de una relación feliz, le propuso matrimonio a una chica un año más joven cuya madre, apenas se dio cuenta de los amoríos, envió sin demora a la futura esposa a un internado. El rumbo de Barney cada vez se fue alejando más del objetivo del matrimonio. Después de diversos trabajos, incluyendo el de guardia de la prisión (donde hizo amistad con varios prisioneros), el joven decidió que su llamado era servir a Dios como sacerdote. A los veintiséis años entró en el seminario diocesano local, pero su comenzó no pudo haber sido peor. Este era un seminario fundado por alemanes y por esa razón las clases eran dadas en alemán y latín. Solanus empezó a tener un muy mal desempeño en sus estudios y finalmente tuvo que retirarse por sus malos resultados. Sin embargo, los directores del seminario alentaron a Barney para entrar en una orden religiosa donde el nivel de estudios no era tan exigente. Barney entonces comenzó una novena para pedir Dirección Divina, y fue allí donde escuchó una voz en su interior que le dijo, "Ve a Detroit" y siguiendo este impulso encontró allí un seminario de monjes Capuchinos, donde volvió a encontrarse con cursos que eran dictados en alemán y latín.

A pesar de que su mal desempeño académico volvió a ser evidente, debido a su espiritualidad, los capuchinos no estaban dispuestos a dejar que se vaya. De hecho, uno de sus superiores tenía grandes expectativas con él, pero el prospecto de graduar un sacerdote con limitado dominio de todos los matices teológicos que se impartían era un problema para los directores. Solanus, como le habían bautizado en la comunidad, tuvo que firmar una declaración, donde, en su párrafo más importante, decía lo siguiente: "Como yo no sé si como resultado de mis escasos talentos y incapacidad académica estoy en condiciones de asumir los amplios deberes y serias responsabilidades del sacerdocio, por la presente declaro que no quiero ser sacerdote si mis superiores consideran que no estoy calificado".

A pesar de que finalmente fue ordenado sacerdote en 1904, este nuevo cargo vino con otra gran humillación. Solanus no iba a ser un sacerdote normal sino un "sacerdote simplex", es decir, un sacerdote que podía dar la misa, pero "no tiene el suficiente conocimiento" para escuchar confesiones o predicar la palabra. Esta enorme restricción podría haber generado una reacción negativa en cualquier otro: desesperación, molestia, autocompasión o pérdida de fe en Dios. En cambio Solanus, con treinta y cuatro años de edad, reaccionó como lo hace un verdadero caminante del sendero espiritual: él aceptó esta que parecía una humillación permanente y le empezó a orar a Dios, mes tras mes, hasta que pudo alcanzar ese estado de pura gratitud a Dios a pesar de que era considerado tan incapaz como sacerdote a sus superiores se les dificultaba encontrar una función permanente para él, hasta el punto que sus dos funciones principales eran las de gestionar los monaguillos y ser el portero del monasterio.

Si bien el trabajo asignado era el cargo de menos relevancia en el monasterio resultó ser fundamental para la labor sagrada que iba a hacer el Padre Solanus Casey. De hecho, durante la mayor parte de su vida sacerdotal, el Padre Solanus fue el cuidador de la puerta, la persona que daba la bienvenida a los que visitaban el monasterio. Y allí es donde él conocía a la gente; en la puerta. A las personas les agradaba hablar con él y les gustaba la manera en que los hacia sentir tan cómodos. Ellos comenzaban a hacerle preguntas y les gustaban los consejos que el sacerdote les daba. Otras personas se enteraban de ello y también se aparecían a verlo, aunque no tuvieran asunto que tratar en el monasterio. Sólo querían escuchar lo que él les decía. No tomó mucho tiempo para que se pasara la voz por todas partes; este portero era un hombre extraordinario.

Un compañero de los Capuchinos que lo conocieron ha remarcado que la gran clave del logro espiritual del Padre Solanus fue su respuesta obediente y agradecida a la posición que se le otorgó. Al pasar los años, también quedó claro que la aparente limitación en la vida de Solanus de ser "sacerdote simplex" en realidad era parte del diseño maravilloso de Dios, ya que fue a través de su trabajo como portero en el templo de los capuchinos en Nueva York, Detroit e Indiana que Dios le dio la oportunidad de llevar a cabo un inmenso ministerio a un hombre juzgado como "demasiado tonto" para el mundo.


El Padre Solanus siguió aconsejando a los visitantes, rezando por ellos, inspirándolos con su santidad, bendiciéndolos, y hasta sanándolos. Algunas personas iban para hablar con él en privado. Uno de sus compañeros de trabajo comentó alguna vez que diariamente se aparecían entre 100 y 200 personas a buscarlo, y que no importaba a donde lo llevara su trabajo; ya fuera a Manhattan, a Yonkers, a Nueva York, o a Detroit, él tenía tiempo para todos ellos. Cuando no estaba en la puerta, se le podía encontrar en la línea de la cocina, sirviendo sopa a las personas sin hogar y a los necesitados.

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