martes, 10 de agosto de 2010

21 Recomendaciones para caminar el Sendero Espiritual

Recientemente en una comunicación con algunos miembros de la comunidad, la mensajera Lorraine compartió 21 recomendaciones para caminar el Sendero Espiritual y expresar el Ser.

Hoy quiero compartir este extracto tan importante con todos ustedes:

Deja de enfocarte en tus hábitos negativos, tus fallas, adicciones y las muchas consecuencias de estos desequilibrios masculino/femeninos. En lugar de eso ve al corazón del problema. Desarrolla el ser real y equilibrado y todas las ilusiones, problemas y penas terrenales desaparecerán.

Enfocate en:

1. Amarte a ti mismo

2. Perdonarte a ti mismo

3. Asumir la responsabilidad por tu vida

4. Desarrollar fe y confianza en el gurú interno y externo

5. Invocar la Justicia Divina para tome el control de tu mundo

6. Desarrollar tu discernimiento crístico

7. Entregar el miedo, la culpa y la vergüenza

8. Aceptar que el humano nunca puede ser perfecto, solo el YO SOY a través de nosotros puede ser perfecto

9. Enfócate en ser la totalidad del YO SOY

10. Acepta tus impulsos internos e inmediatamente actúa en base a ellos

11. Acepta que la pureza, la perfección y la belleza están basados en el corazón. (Todas las experiencias externas pueden ser muy engañosas)

12. Acepta que Dios se manifiesta a través de ti como una dualidad divina, masculina y femenina, y que ninguna es superior o inferior a la otra, que esta dualidad va más allá de tu género y que es superior a la expresión de este.

13. Acepta que existe el mal en el mundo, pero en últimas este no tiene realidad o permanencia. Pero mientras estemos en el mundo de la forma debemos reconocer que existe y no cegarnos ante él.

14. Se agradecido con aquello que tienes y también con aquello que no tienes.

15. Sostén el concepto inmaculado para todos, a pesar de sus errores o apariencias externas.

16. Sostén el concepto inmaculado para ti mismo.

17. Trata de amar a todos, pero mantente abierto a tus impulsos internos y a tu juicio sobre cuando retener tu amor y aceptar tu guía interna (YO SOY/Cristo/YO SOY EL QUE YO SOY) que ve y conoce más de lo que tú puedes ver desde tu perspectiva.

18. Confiesa tus pecados inmediatamente a Dios y escribe cartas de confesión al Consejo Karmico y a tu maestro personal. Confiesa tus pecados a aquellos a los que has ofendido, pide perdón y perdónate a ti mismo por tu transgresión.

19. Ábrete a compartir tus sentimientos y pensamientos más profundos cuando recibas ese impulso de tu interior.

20. Comparte tu gratitud al máximo sin volverte ostentoso por esto.

21. Inmediatamente pide ayuda de tu interior y de fuera de ti cuando confrontes creaciones humanas que entran en tu campo de fuerza y te roban tu paz.

domingo, 8 de agosto de 2010

Los Suernis y el Rai de Suern (1)

Para entender un poco mejor estos dictados que hemos recibido del Maestro Ascendido Rai Ernon de Suern, he preparado algunos extractos sacados del libro "Habitante de dos planetas o la división el camino" de Phylos el Tibetano.

En este extracto, Phylos, que en ese momento estaba encarnado como un habitante de la Atlántida llamado Zailm, nos cuenta sus impresiones al llegar al territorio de Suern (el territorio que hoy en día abarca la India):

Los Suerni eran gente muy extraña. Los ancianos padecían nunca sonreír, no porque estuvieran ocupados en estudios ocultos, sino porque estaban llenos de ira.

Sobre cada semblante se reflejaba una expresión perpetua de enojo. ¿Por qué será esto?, me pregunté. ¿Es el resultado de las habilidades mágicas que poseen? Por lo que nos parecía nosotros los de Atlántida sólo un fiat de voluntad, esta gente aparentaba trascender poderes humanos y dominar las inmutables leyes de la naturaleza, aunque no se puede decir que Incal (Dios) no los había limitado tan seguramente como había limitado a nuestros químicos y físicos. Los Suerni nunca usan las manos en labores manuales; se sientan a desayunar o cenar sin haber puesto en la mesa nada de comer o sin haber preparado los alimentos; inclinan la cabeza aparentando orar y luego, elevando los ojos, empiezan a comer lo que misteriosamente ha aparecido ante ellos -saludables viandas, nueces, toda clase de frutas y tiernas Y suculentas verduras. Pero no comen carne, ni ninguna cosa que no sea el producto final de su fuente, conteniendo dentro de sí el germen para una vida futura.

Noté en nuestras visitas por toda la capital una cosa que me entristeció -que su gente no amaba a Ernon, por mucho que lo respetara y temiera Su poder. Fue obvio que el Rai se había dado cuenta de que yo tenía conocimiento de este hecho, por su conversación.

domingo, 1 de agosto de 2010

Rai Ernon de Suern - Un ejemplo del poder de un adepto

Una de los conceptos de las enseñanzas de los Maestros Ascendidos que siempre ha sabido capturar mi atención e interés es el concepto del Adepto. Este se refiere a un tipo de personas que han alcanzado un muy alto logro espiritual estando en encarnación y han aprendido a controlar la materia, las fuerzas físicas, los espíritus de la naturaleza y las funciones corporales.

Hoy quiero contarles una increíble historia poco conocida de uno de esos adeptos, que data de la época de la Atlántida. Me refiero a la historia del Rai Ernorn de Suern, quién es hoy un Maestro Ascendido. Rai es una palabra del idioma que se hablaba en Atlántida y quiere decir “emperador” o “monarca”. Suern, era un territorio que abarcaba lo que hoy conocemos como la India.

Las personas de Suern poseían poderes aparentemente extraordinarios, incluyendo la habilidad de precipitar su propia comida. Estos poderes surgían, primero que todo, por una estricta adherencia a un código moral que era forzado por su monarca. En segundo lugar, los Suernis disfrutaban de estos poderes por la intercesión de los adeptos ocultos de ese tiempo, los llamados Hijos de la Soledad.

El Rai Ernon era uno de esos Hijos de la Soledad. Estos Hijos eran célibes, vivían sin familia, a menudo aparte de la civilización. En casos excepcionales, ellos volvían a la civilización para servir a los demás en la Iglesia o el Estado. Ellos tenían que pasar por años de entrenamiento incluso a lo largo de varias encarnaciones, hasta que se convertían en adeptos. Algunos Maestros que alguna vez fueron parte de este grupo de iniciados son: El Morya, Babaji y Jesús.

Rai Ernon poseía poderes extraordinarios que incluso le permitieron derrotar a los enemigos de su país sin tener que usar armas. En el libro Phylos el Tibetano, se encuentra un increíble relato testimonial de un testigo que observó cómo Ernon conquistó, sin ayuda de nadie, un ejército de 160,000 Caldeos (estos Caldeos son diferentes a los que conocemos en la historia actual).

La mensajera Elizabeth Clare Prophet dijo una vez que esta historia es uno de los más impresionantes eventos que existen en los registros akashicos de la Tierra, y que han salido a la Luz como una forma de ilustrar el gran poder de un adepto de la Hermandad. De esta historia podemos concluir lo profundo que es el trabajo de un Hijo de la Soledad, y el gran poder que Dios le otorga a un individuo no ascendido, en la medida que él se muestre fiel en todas las cosas y juicioso en el uso del Poder Divino.

En esta historia, contada por Lolix, la hija del Jefe del ejército caldeo, los Caldeos están a punto de invadir la Tierra de Suern, que no tiene ningún tipo de defensas físicas.

Este es el relato de Lolix:

El Astika, mi padre, jefe de nuestros ejércitos, dijo a este gran anciano (El Rai que se había hecho pasar por un humilde mensajero):
"¿Qué dice tu regente?"

El dice: "pide a este forastero que se vaya no sea que se despierte mi ira, porque ¡He aquí! Lo destruiré si no me obedece. Mi cólera es terrible."

"¡Un momento! ¿Y su ejército? No he visto ninguno", dijo mi padre con la risa de un veterano a quien se le ofrecía una resistencia insignificante.

"Jefe", dijo el enviado en un tono bajo e intenso, "es mejor que te vayas. Yo soy ese rey, y su ejército también. Abandona esta tierra ahora; pronto no podrás hacerlo. Vete, te imploro".

"¿Tú eres el rey? ¡Hombre atrevido! Te digo que cuando el sol se haya movido a otro signo, tu valor no te salvará, a menos que ahora retornes y reúnas a tu ejército. De otro modo enviaré tu cabeza a tu pueblo. Sólo tienes esta opción. Después de ese período de tiempo atacaré y saquearé tu ciudad. No, no temas ahora por tu seguridad personal; ¡no puedo herir a un enemigo desarmado! Ve en paz y en la mañana de atacaré a ti y a tu ejército. Debo tener un enemigo digno".

"En mí tienes un enemigo digno. ¿Nunca has oído hablar de los Suerni? ¿Si? ¡Y no lo has creído! ¡Oh!, es verdad. Te ruego que te vayas, mientras puedas hacerlo sin peligro".

"Hombre necio", dijo el jefe de los Caldeos. "¿Es este tu ultimátum? Que así sea. ¡Hazte un lado! No me voy, sino que marchó adelante". Entonces llamó a los capitanes de las legiones y les ordenó:

"Adelante; ¡marchar hasta conquistar!"

"Detén esa orden por un momento; quiero hacerte una pregunta", dijo el Rai.

De acuerdo con esta petición, nuestros hombres, quienes se había levantado al escuchar la orden, se detuvieron bajando las armas. En el mero frente de las filas del ejército Caldeo que estaba sobre la colina desde donde se veía la capital de Suern, y el gran río que fluía cerca, estaban los principales miembros de nuestras huestes. Eran veteranos de muchas guerras, hombres de gigante estatura, dos mil en total, líderes de hombres con menos experiencia. Nunca olvidaré lo grande que se veían estas tropas, no, nunca. Tan fuertes; la melena misma de nuestro poder leonino, cada hombre podía cargar un buey a cuestas. El sol estaba atrapado en sus lanzas con un glorioso rayo de luz. Mirando a estos hombres el Suerni dijo:

"Astika, ¿no son estos sus mejores hombres?"

"Si"

"¿Son ellos los que como según me han dicho, torturaron a mi pueblo, simplemente como diversión? Y lo llamaron cobardes, diciendo que a los hombres que no resistían se les daría muerte y así mataron algunos de mis súbditos?".

"No lo niego", dijo mi padre.

"¿Crees tú, Astika, que esto fue correcto? ¿No son los hombres que se glorifican en derramar sangre dignos de la muerte?"

"Posiblemente; si es así, ¿qué importa? Por ventura, ¿quisieras que los castigara por tales acciones?", dijo mi padre despectivamente.

"Así es, Astika, y después ¿partirás de aquí?"

"Si, eso haré. Qué buena broma; pero ¡no tengo humor para bromear!"

"¿Y no te irás cuando te digo que quedarte aquí significa la muerte?"

"No, y deja de hacerme perder el tiempo; me estoy cansando de esto"

"Astika, ¡qué pena me da! Pero que se haga tu voluntad. Te he advertido que te vayas. Tú has oído del poder de los Suernis y no lo has creído; pero ahora, ¡siéntelo!"

Con estas palabras el Rai de Suern barrió con su dedo índice extendido todo el lugar donde se encontraba nuestro orgullo, los espléndidos dos mil. Se movieron sus labios y apenas alcancé escuchar las palabras dichas en voz baja:

"Yeovah, fortalece mi debilidad. Así muere la culpabilidad obstinada"

Lo que entonces sucedió llenó a todos los espectadores de pavor aumentado por su superstición, tanto que por cinco minutos después, no se podía escuchar ningún sonido. De todos los guerreros veteranos no quedaba uno vivo. Al gesto del Suerni sus cabezas se fueron hacia delante, soltaron sus espadas y cayeron al suelo como si hubieran estado borrachos. No hubo ningún sonido más que el de su caída; no hubo lucha; la muerte le llegaba a ellos cómo llega aquellos cuyos corazones dejan de latir. ¡Ah! que horrible poder el de este Suerni!.

Después del terrible silencio que cayó sobre todos los que habían presenciado la terrible escena, las mujeres, esposas e hijas de los altos oficiales, empezaron a gritar llenas de temor. Muchos de nuestros hombres, en cuanto se empezaron a dar cuenta de que las historias que habían escuchado y rechazado no eran cuentos, cayeron al suelo con la agonía del terror. ¡Ah! Entonces se podían escuchar súplicas a todos los dioses, grandes y pequeños, en los que la gente había puesto su confianza.

Mi padre sabía lo suficiente como para no pensar que este era un truco de gente artera; sabía ahora, después de esta amarga lección, que la reputación que los viajeros les atribuían a los Suernis de hacer maravillas, no era una mentira. Pero no se acobardó ante el Rai; era demasiado orgulloso para hacerlo. Mientras observamos estupefactos la terrible escena de muerte, sucedió otra cosa no menos terrible. Los que estabamos vivos (todas nuestras huestes menos los dos mil) estabamos parados entre nuestros muertos y el río al oeste de la ciudad. El rey Ernorn bajó la cabeza y oró. ¡Qué gran alarma causó a nuestra gente ese acto! Le escuché decir:

"Señor, haz esto por tu siervo, ¡te lo ruego!"

Entonces, vi a las víctimas levantarse una por una, recogiendo cada uno su espada, escudo y yelmo. Subsecuentemente, en pequeñas escuadras, marcharon hacia nosotros -¡oh! Mi Dios-y se metieron al río. Al pasar vi que sus ojos estaban entreabiertos y opacados por la muerte; el movimiento de sus extremidades era mecánico; caminaban como si estuvieran colgados de alambres y su armadura resonaba y tronaba con un horrible tañido burlón. Cuando, una por una, las escuadras llegaron al río, se metieron a éste hasta que las aguas cubrieron sus cabezas y desaparecieron para siempre, alimentando a los cocodrilos que ya habían empezado a rugir y berrear por sus presas en el río Gunja. ¡Nadie a quién enterrar!. Cada uno se movió como si hubiera estado vivo, aunque realmente estaba muerto. Esta procesión espectral yendo hasta el río, a mil pasos de distancia, atemorizó tanto a la gente que un terror desesperado se apoderó del gran ejército y huyeron, dejando todo atrás, y pronto sólo unos pocos soldados fieles quedaban; estos permanecieron con su comandante y sus oficiales, listos para compartir con él la muerte que esperaban recibir todos los que allí estaban. No todas las mujeres escaparon.

Entonces el Rai habló, diciendo:

"¿No os dije que os fuerais antes de que os castigara? ¿queréis iros ahora? Mirad a vuestro ejército en retirada! Su derrota no cesará, pues miles de ellos no veran más a Caldea porque perecerán el camino, aunque no pocos alcanzarán su destino. Pero tú nunca más iréis a casa; ni tú, ni tus mujeres. Pero no permanecerán ni en mi Tierra ni en la tuya sino en un país extraño".

Mi Padre, ese orgulloso, pero ahora humillado soldado, se arrodilló entonces ante el Rai.