miércoles, 18 de febrero de 2015

El Padre Solanus Casey y el poder de la gratitud anticipada

Muchas veces en este blog hemos hablado de la gratidud a Dios como una de las claves más importantes del sendero espiritual. Hoy quiero ilustrar con una historia un aspecto muy poderoso pero poco utilizado de la gratitud y es el dar gracias por lo que aún no hemos recibido y vamos a recibir.

La historia tiene como protagonista al Padre Solanus Casey, uno de muchos santos que han encarnado en la Iglesia Católica, la cuál a pesar de sus múltiples fallas, ha sido también una fuente de muchos verdaderos místicos que incluso hoy en día reconocemos como Maestros Ascendidos, tal como el Padre Pío, Santa Teresa de Avila o San Francisco de Asís.

Resulta que en 1940, una niña de 16 meses llamada Elizabeth Fanning se encontraba muy enferma, víctima de una enfermedad que por esa época era fatal: la leucemia o cáncer en la sangre.

Su caso era especialmente trágico, porque a pesar de haber nacido completamente sana, sus padres la sometieron a un tratamiento con una nueva tecnología para eliminar una mancha rojiza que tenía en el cuello, y prevenir el crecimiento de una masa que mostraba en la mejilla. Después de una radioterapia, la masa de la mejilla desapareció y la mancha rojiza dejó de expandirse, pero a partir de ese momento se empezó a evidenciar un efecto colateral: la niña dejó de crecer normalmente y su cabello se cayó y no volvió a salir. Además, empezó a lucir demacrada y sin vida.

Después de ser llevada a la famosa Clínica Mayo en Minesota, un grupo de expertos que la revisó determinó que el diagnostico era mortal. La única opción era la de remover el bazo, pero la niña estaba demasiado débil para soportar esa operación.

Se le recomendó entonces alimentarla con sopa de hígado a fin de ganar algo de tiempo, pero los doctores claramente le indicaron a la Mamá de Elizabeth que la niña no iba a sobrevivir a la leucemia. De hecho, le recomendaron prepararse porque podría encontrarla  muerta en cualquier momento. Era tal el pesimismo de los médicos que decidieron a partir de ese momento no cobrarle más honorarios por el tratamiento.

Prácticamente desahuciada por la medicina, una tía de la niña que pertenecía a un grupo espiritual afiliado al monasterio de monjes capuchinos de Detroit (Michigan) le sugirió a los padres que la llevaran a ver al padre Solanus Casey, un religioso de actitud vivaz que en esa época bordeaba los 70 años de edad.

Después de preguntar sobre el padre Solanus, los Fanning se dan cuenta que muchos hablaban de este religioso y lo calificaban como un santo con enormes poderes curativos. Por esa razón,deciden seguir el consejo de la tía y viajan a Detroit para encontrarse con él en el convento de los capuchinos.

A su llegada, el religioso los recibe amablemente y escucha con atención su tragedia. Les dedica una gran cantidad de tiempo a pesar de que muchas personas están esperando la oportunidad de hablar con él. El Padre Solanus les dice que lo único que puede interrumpir que el poder de Dios trabaje en nuestras vidas son nuestras dudas y miedos. Les indica también a los padres que deben llevar a cabo actos concretos que demuestren su confianza en la bondad de Dios. Les pide que superen la tristeza y la ansiedad, que es lo que frustra "los diseños misericordiosos de la Divinidad". Y como consejo final, les recomienda que le den las gracias a Dios por todo lo que él va a hacer por ellos en el futuro y por lo que van a recibir. Esta clase de confianza, según él, pone a Dios a trabajar. Les dice también qué él ha sido testigo directo de muchas curaciones tan milagrosas como las que necesita la pequeña Elizabeth. A partir de estas indicaciones, ambos padres siguen sus instrucciones y adicionalmente le hacen una promesa personal a Dios.

Entonces, el Padre Solanus, con voz muy suave, le habla por unos minutos a la pequeña Elizabeth que yace en una silla de ruedas. Al final, le dice de forma tranquila pero confiada: "Tú vas a estar bien, Elizabeth".

La familia Fanning enmprende su camino de vuelta al hogar, pero durante el trayecto empiezan a notar que Elizabeth muestra un estado de alerta poco común para ella. Poco a poco, empieza a mirar las cosas con interés e incluso se sienta y empieza a sonreir.

Sus Padres se encuentran sorprendidos, pero al mismo tiempo están muy felices con el repentino cambio que notan en la niña. Deciden entonces parar en un restaurante para celebrar, y la niña, que horas atrás a duras penas podía mantenerse consciente, ahora se muestra llena de vida. No solo le saluda y le sonríe a la gente sino que muy pronto vuelve a caminar.

Cuando Elizabeth fue llevada de vuelta a los doctores que la habían tratado, ellos la miraban incrédulos dado que lucía tan diferente - saludable, risueña, radiante de vida, y con un hermoso cabello rizado. Sin embargo, y para su asombro, todos los síntomas de la enfermedad habían desaparecido.

Pero esta niña no fue la única que se beneficio de los milagros de este monje capuchino. Por más de medio siglo el Padre Solanus Casey atendió y ayudó a cientos, y quizás miles de personas que lo visitaban en su convento.

Así que aparte de esta tremenda lección sobre la gratitud, este santo católico nos enseña también que la verdadera humildad viene cuando reconocemos que no somos nosotros los obradores de milagros, sino que es Dios a través nuestro.

Un cura que conoció al Padre Solanus declaró lo siguiente: "Si las personas eran curadas ante él, sus ojos se llenaban de lágrimas, y parecía maravillado por el poder de la eucaristía....en su mente, la cura no tenía ninguna conexión con él".

Para el Padre Solanus era muy claro quién era el verdadero hacedor.


viernes, 13 de febrero de 2015

Dios el todo, y Yo la nada



Una de las realizaciones más importantes en el sendero espiritual llega cuando internalizamos plenamente esta frase, usada por el Papa Juan XXIII (conocido hoy como el Maestro Ascendido Johannes) y atribuida a San Francisco de Asis (conocido como el Maestro Kuthumi): "Dios el todo, y yo la nada".

Nuestra realidad, nuestro verdadero Ser es Dios, y es por él y a través de el que conseguimos cualquier logro en este mundo finito. Más aún, en el sendero espiritual aprendemos cómo es él, Dios, el que provee tanto las iniciaciones como la fuerza interna que nos permite superarlas y convertirnos cada día más en su realidad.

En otras palabras, el discípulo espiritual llega a un punto en el sendero en el cuál experimenta el entendimiento de que Dios realmente es el todo, y que nosotros, nuestra personalidad humana es la nada. De alguna manera, el concepto de la vida impersonal que hemos tratado en algunos artículos recientes, solo se puede manifestar plenamente cuando logramos este entendimiento. Nos convertimos en la plenitud cuando rendimos nuestra personalidad y aspectos humanos ante nuestra Ser Divino, que es impersonal.

Es en los momentos de profunda contemplación donde vemos con el ojo interno que todas las cualidades que expresamos en este mundo vienen de él. Cuando somos realidad, es porque estamos dejando que fluya a través de nosotros la Realidad de Dios. Cuando somos amor, es porque nos convertimos en un canal del Amor de Dios. Cuando somos maestría, es porque dejamos que fluya a través de nosotros la Maestría de Dios. Todas y cada una de esas cualidades que se desarrollan en nosotros a través de las iniciaciones que pasamos en el reloj cósmico.

La mayoría de personas en este mundo alcanza sus logros usando la energía, los talentos y la luz de Dios, y sin embargo no lo reconocen a él como el hacedor. De hecho, muchos en el mundo aprovechan estos talentos para buscar solamente sus propias metas personales y egoístas. Nuestro Ser verdadero es impersonal, y cuándo caminamos el sendero espiritual y progresivamente nos vamos fusionando con él, entendemos verdaderamente que todo lo que somos y nuestros logros vienen de nuestra única fuente: Dios.

Para practicar esta conciencia podemos llevar a cabo esta tarea:

No esperamos reconocimiento ni gratitud. La gratitud y alabanza se la vamos a entregar sólo a Dios.¡Ejercitémonos en esta elevada consciencia de no esperar nada de nuestro prójimo, ni reconocimiento ni gratitud! Si una persona nos da las gracias, entreguemos el agradecimiento a Dios. Si recibimos reconocimiento, entreguemos este reconocimiento a Dios.

Ejercitémonos en esto en los próximos días, entonces comprobaremos qué gran fuerza y poder fluyen hacia nosotros.